IV Certamen Literario del I.E.S. Jardines Puerta Oscura. 2009.

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IV Certamen Literario del I.E.S. Jardines Puerta Oscura. 2009.

TRABAJOS GANADORES.

Primer premio de poesía. Modalidad Junior

Acéptame

Sé bien que no soy como tú querías

y también que me ves fuerte.

Lo soy. Pero, además, rara y complicada,

pero tú eso no lo notas.

Tampoco mi necesidad de sentirte.

Sí, soy fuerte, a pesar del vacío que me embarga

porque tu sinrazón y tu lejanía, me pueden.

Mi vacío y mi dolor afloran en airadas respuestas

que hacen que tú desaparezcas y me ignores.

Y eso a mí me duele.

Tu ausencia me deja desvalida,

pero tú no te das cuenta.

Crees que soy fría y distante

pero en mis momentos de soledad

no soporto no ser capaz de abrazarte.

Tú, mi alejamiento te lo tomas mal

porque crees que no siento nada,

pero es que no sabes oírme.

Acéptame tal como soy,

con mi alegría y mi soledad.

Acéptame y quiéreme,

porque te necesito, papá.

Mariló LÓPEZ, 4ºESO

Primer premio de poesía. Modalidad Juvenil

Melancolía vespertina

Siento cómo cae la lluvia

en una tarde de otoño,

aclara mi red confusa,

mas se me escapa un sollozo.

¿Dónde estás felicidad?

Me gustaría encontrarte,

agarrarte con mis manos,

para poder desnudarte.

Y así, desnuda y sin velo,

tú me mostrases tu cara

y con ternura, sin prisas,

tú me abrazases el alma.

Muéstrate, felicidad,

no me tengas en vana espera

sin cesar.

Si humo eres, en realidad,

afrontaré como pueda

mi verdad.

Raquel Gómez. 2º de Bachillerato.

Segundo premio de poesía. Modalidad Juvenil

Sueños rotos

Sólo tengo sueños rotos,

que me hieren el alma.

Me envuelve la melancolía,

y cuando evoco lo nuestro

veo que no te conocía.

Compartimos ilusiones

y contamos nuestra dicha

en olvidadas canciones.

En mis días sólo queda la añoranza

del tiempo pasado y recuerdos perdidos.

Viejas risas resuenan en mis oídos…

¿Cómo puedo haber perdido la esperanza?

Sólo tengo sueños rotos

Que el alma me despedazan.

Belén Torres, 1º de Bachillerato

Certidumbre

Cualquier noche,

Descenderá mi cadáver

por estas escaleras.

Me lo anuncia mi sombra,

quien, pertinaz, preside mi vida.

Bajaré al abismo y yaceré sin luz,

sin recuerdos, sin emociones.

¿Es mi sombra hoy la de un vivo,

o la de un muerto?

No estoy muy seguro.

Sé que me recuerda siempre

lo efímera que es mi vida,

la fragilidad de mi cuerpo.

Cuando esté en el cementerio

frío, solo, para siempre allí tumbado,

mi persona se hará olvido,

quizás, antes, habrá un llanto.

O tal vez no. No lo sé.

Sí sé que seré gusano.

Franciso J. Cabrera. 2º Bachillerato.

Primer premio de relato. Modalidad Juvenil

Relato breve

Como cada noche, salí de trabajar a las 00:30, ya casi no sentía los pies.
Llegué a casa dejándome caer en el sofá. Al día siguiente me desperté
allí mismo, sin recordar cómo me había quedado dormido.

El despertador dejó de sonar al cabo de tres minutos. Era un domingo
cualquiera. La casa seguía estando igual de vacía y de desordenada,
y yo no tenía tiempo ni siquiera para mis amigos, que ya a duras penas
se acordaban de mí. En casa se notaba la presencia de mi único aliado,
mi gato, al cuál aún llamaba "Gato" pues no había tenido tiempo de
pensar un nombre. Se hacía tarde, así que decidí dar un paseo, el
estrés me llenaba. Pasé la tarde con mi mejor amigo, Norberto, y volví a casa.

Mejor no pensar en el desorden ni en los problemas y ponerme a trabajar lo antes posible, necesito descansar, mañana me iré a la biblioteca antes de lo normal, necesito ordenar la sección infantil y juvenil, tengo que conseguir clientela, es lo único que queda de mi familia. Durante generaciones nos ha pertenecido, aquí me enseñó a leer mi padre, tardes y tardes sentados en aquella mesa vieja. Pero ahora tengo que descansar.

Abrí mis ojos cansados y enrojecidos, los párpados me pesaban y durante los primeros segundos difícilmente pude distinguir el lugar donde estaba, mis ojos estaban borrosos y tan solo el blanco de las paredes me cegaba junto a la claridad. El olor era desconocido, un entorno extraño para mí. A pesar de que la habitación era pequeña y antigua, estaba ordenada. El suelo crujía a cada paso que se daba, por ello noté que alguien se acercaba. Sin hablar, me tapó la boca para que no gritara y me inyectó una sustancia (supongo que sería algún tipo de tranquilizante) y acercó su boca a mi oído diciéndome muy despacio:

- No te muevas, será mejor para ti no forcejear. Ahora estás en mis manos.

Asustado, decidí quedarme quieto, aunque realmente era la sustancia que me había inyectado la que había decidido por mí. Al despertar, me dí
cuenta de que no era una pesadilla y de que seguía ahí, en esa cama
atado de pies y manos sin saber qué estaba pasando ni por qué. Los
crujidos del suelo volvían a sonar y el miedo recorría mi cuerpo. La puerta
se abrió despacio mientras aquel rostro se paseaba. Sus curvas de mujer no tenían ningún encanto. Se sentó a mi lado en la cama,y dijo:

- Hola Pedro, llegó el momento de la presentación, me llamo Alicia.

Probablemente no te acordarás de mí, nadie lo hizo, pero a lo largo de los días que estarás aquí conseguirás acordarte.
Alicia se paseaba, diciéndome palabras que me eran difíciles de entender, pues yo solo podía concentrarme en cómo salir de allí, aunque parecía que todas las respuestas a mis preguntas se solucionarían escuchando las frases sin sentido que Alicia estaba diciéndome. Poco a poco mis sentidos se centraron en ella,su voz iba recuperando intensidad llegando a mis oídos con un tono natural.

- Todavía puedo escuchar tu voz en clase hablando con Norberto.

- ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? - Pregunté exaltado.

- No te preocupes y quédate tranquilo, pronto lo sabrás todo, solo tendrás que escucharme. No me gustaría tener que atarte siempre a esa
cama, debes estar incómodo.

Alicia cerró la puerta de un portazo. No parecía estar de buen humor, y sus palabras no me llevaban a ninguna parte, no sabía de qué la conocía.

La puerta se abrió, esta vez sigilosamente. Otra vez ese aliento entró por mi nariz, subió hasta mis mofletes y finalmente acabó en mis oídos
susurrando: "Puede que no salgas de aquí". Unos segundos más tarde su débil respiración chocaba contra mi pelo.

- Siempre supe que algún día serías mío, desde el momento en que
te ví por primera vez ¿Recuerdas?

Hubo un corto silencio.

- Claro... ¿Cómo ibas a acordarte? Jamás te diste cuenta de que existía! ¿Verdad Pedro? Siempre pasé desapercibida ante toda la clase, nadie hablaba conmigo. Tú solo tenías ojos para esa... ¡Ana!

Alicia arrojó la lámpara de la mesita de noche contra la pared, no dejaba
de gritar mientras que mi corazón latía a mil por hora sin saber cuándo iba a parar o qué iba a pasar. Estaba delante de una marginada y por lo que podía imaginar... estaba enamorada de mí desde hacía mucho.

- Alicia, por favor para, no conseguirás nada así, perdóname.

- ¿Que te perdone? ¿En serio creíste yo que me iba a rendir?

- No, nunca pensé eso, suéltame y dame una oportunidad ahora.

La puerta que me tenía preso volvió a cerrarse sin piedad, y yo volví a
sentirme solo en aquella habitación. Abrí los ojos, seguía atado a esa
cama que día a día me inmovilizaba más, los muelles sonaban y se
hincaban en mi espalda como mil cuchillos.

- Hola de nuevo, Pedro.

La miré con odio, pero tenía que mantener la calma y aplicar todo lo que
había leído en los libros de psicología sobre situaciones desesperantes.

- Eres precioso... (decía mientras me acariciaba la cara) eras mi
único consuelo, me levantaba día a día solo para ir a clase y verte. Te
deseé todos estos años, pensé en tí cada día, esperé una llamada
tuya sin recibir absulutamente nada, nunca existí para tí pero ahora soy
toda tu vida y sin mí no tienes nada ni a nadie, ni siquiera Norberto está aquí.

Alicia se alejaba sonriendo, dejándome de nuevo en soledad.
"Plaf" La puerta volvió a cerrarse. Tenía que escapar de allí como fuera,
no podía quedarme atado el resto de mi vida sin hacer nada pues ella
jamás me soltaría, estaba demasiado obsesionada conmigo como para
dejarme ir, además sabía perfectamente que ya no podía hacerlo pues la
policía no tardaría en encontrarla y meterla entre rejas. Según mis cálculos debía haber pasado al menos una semana. La vida se me escapaba y mi cuerpo estaba inmóvil para poder atraparla, por mucho que gritase nadie vendría a salvarme pues jamás me entretuve en buscar oídos que me escucharan o voces a las que escuchar, es ahora cuando mi vida cambiaba y me daba cuenta de que no había hecho nada más que trabajar, que la vida se acababa y yo tenía que disfrutarla con las personas a las que quería. Pero, ¿para qué pensar en eso ahora? Mi
situación no era la más indicada para ponerme a pensar, debía salir de
ahí fuese como fuese, aunque muriese en el intento. Tenía que hacer algo.

Alicia entró enfurecida a la habitación por mis continuos gritos, y me golpeó una y otra vez pidiendo que me callara. Se fue dejándome en silencio y tirado en el suelo, no hacía falta atarme de nuevo pues tenía parte de la cadera inmovilizada por el dolor. Pero ya no tenía nada más que perder, así que me arrastré buscando algún objeto que me sirviera de ayuda. A duras penas llegué hasta la cama donde llegaba a ver por debajo de ella un montón de recortes de periódicos viejos, me arrastré hasta llegar al fondo y allí mismo, debajo de la cama, empecé a leer los titulares:

"ALICIA GARCIA, SOSPECHOSA DE ASESINATO - Extraña muerte de
Miguel Tejada, su marido. La sospechosa se declara INOCENTE"
"ALICIA GARCIA, SOSPECHOSA DE HOMICIDIO Y SECUESTRO
NUEVAMENTE - Compañero de trabajo desaparecido y encontrado
muerto cerca de la casa de Alicia Garcia. La sospechosa se declara
INOCENTE". Aún así, el juez la condenó a seis años de prisión en 1991".

Se escuchó un ruido. Rápidamente, intenté volver a mi sitio y dejé los
periódicos donde estaban.

- Aún sigues ahí ¿Verdad? Ven, te pondré en la cama y esta vez no
te podrás escapar.

Alicia se rió con maldad y sacó de una bolsa de plástico un pegamento
muy resistente.

- ¡Alicia! ¿Qué vas a hacer? ¡No por favor! ¡No!

Mientras gritaba y le rogaba que no lo hiciera, Alicia pudo subirme a la
cama y hacer lo que yo estaba temiendo. Pegó la planta de mis pies a la
madera que sujetaba la vieja cama.

- Ya está, así no podrás moverte y si lo haces me temo que dejarás
pegada a esa madera algo tuyo, jajajaja. Si escapas... tendrás que sufrir.

La puerta se cerró, dejándome nuevamente solo y sin salida, con los
pies pegados a esa cama.
Pasaron las horas y mi tortura se hacía cada vez mayor. Alicia entró a mi
habitación con un periódico en la mano.

- Vaya, parece que ya están buscándote.

"El famoso actor Pedro Gutierrez parece estar desaparecido, creemos que tal vez se trate de un secuestro"

- Mira lo que pone más abajo - Señaló con el dedo - "Recompensa: 70.000€"

- Para ofrecer esta cantidad de dinero parece que tus seguidoras
están deseando que aparezcas, pero me temo que aún te quedarás aquí.

- Te queda poco tiempo, pronto vendrán a interrogarte.

- No seas iluso, nadie te encontrará. Aunque vengan a interrogarme
no encontrarán jamás este lugar.

Le escupí en la cara al terminar de pronunciar esas palabras, mi asco
hacia ella era tan grande que incluso había perdido el miedo a poder
morir. Alicia se limpió la cara con su vestido de flores, y continuó diciendo:

- Hoy estoy de buen humor, por ello te haré una cena muy rica, pero
como vuelvas a hacer algo así... te mato.

Salió de la habitación. La escuchaba cantar desde la cocina, realmente
estaba de buen humor pero me preguntaba por qué. Esperaba que no
estuviera planeando una nueva tortura para mí. De repente, dejó de
cantar, un silencio incómodo recorría cada rincón de la casa. No se
escuchaba el corte del cuchillo contra la madera, el agua del grifo al
limpiar los platos, ni siquiera a la escandalosa Alicia. Al cabo
de unos minutos escuché cómo arrancaba el coche. Tenía que
aprovechar la oportunidad y planear una nueva huida, pero no tenía
tiempo de idear ningún plan, así que, desesperado golpeé la madera
con mis pies, pero era inútil. No me rendí fácilmente, el tiempo
pasaba y mis ideas se acababan, solo quedaba una última solución:
agarré con fuerzas mis rodillas y tiré sin piedad, con los ojos cerrados
y dando alaridos de dolor hasta que parte de la planta de mis pies, un
leve pellejo, quedaba pegado a la madera de la cama. Mis pies
sangrientos y liberados intentaron ponerse en el suelo con éxito. Era tal
el dolor que sentía que apretando fuerte los dientes y aguantando mis
alaridos, conseguí dar unos pasos hacia la puerta, pero los pies
sangraban tanto que me era muy difícil caminar sin resbalarme.

Conseguí abrir la puerta, y me encontré con grandes pasillos con
paredes de piedras mal puestas, el suelo era robusto y caminar por ahí
hacía más daño a mis pies. Había demasiados pasadizos para poder
encontrar la salida, pero no me di por vencido y caminé varios metros
hacia donde mi intuición me guiaba. No parecía que estuviese en una
casa, sino en una antigua mazmorra. Caminando y caminando no
encontré la salida, los pies se resbalaban y los tobillos se torcían, el
dolor se hacía insoportable.

El ruido del motor del coche de Alicia volvía a penetrar mis oídos. Quise
dar marcha atrás lo más rápido posible y volver a mi habitación, pero era
inútil, el suelo estaba manchado de la sangre que mis huellas dejaban, no tenía escapatoria. Alicia llegaba y me esperaba un gran castigo, esta vez mucho mayor que el anterior. Ella se acercó a mi habitación, y encontró el suelo manchado de sangre. Se quedó perpleja al verme
allí tirado, llorando por la desesperanción.

- Pedro... ¿Qué haces ahí? ¿Nuevamente has intentado escaparte?

Te dije que no podrías huir, te lo advertí. Ahora tendré que castigarte...
Me llevó a la habitación y volvió con un bote grueso. Con cuidado sujetó el bote hasta colocarlo justamente encima de mi cabeza, en un tablero que había tras la cama y colocando una cuerda que lo unía a mi pie derecho.

- ¿Sabes qué es eso Pedro? Es ácido. Si intentas escaparte, la
cuerda tirará del bote y tu cabeza quedará totalmente quemada.
Mis esperanzas de escapar iban perdiendo fuerza a cada minuto que
pasaba, era demasiado inteligente. Tenía tantas cosas que deseaba
hacer, me quedaba tanto por vivir... no podía seguír así. Tenía que pensar en algo. Los ruidos que Alicia hacía desde el salón me llevaban a pensar en los recortes de periódicos que encontré. Los ruidos no cesaban y no me sonaba bien lo que Alicia estaba tramando. Mi respiración se agitaba cuando el ruido cesó, el silencio me ponía aún más nervioso que el ruido, pero no tanto como los pasos de Alicia hacia la habitación donde yo me encontraba. Llevaba tanto tiempo sin poder moverme que a pesar de que mi cuerpo se estaba atrofiando, había desarrollado otros sentidos, mi mente se hacía más poderosa a la vez que mi cuerpo se marchitaba.

No me equivocaba, el pomo de la puerta se giró lentamente hasta que la
puerta quedó completamente abierta, dejando ver así el rostro amargo de Alicia. Se acercaba despacio a la cama donde yo, sin poder moverme, me encontraba secuestrado.

- ¿Ves ésto Pedro? Es una escopeta, era de mi padre. Siempre quiso
que la usara para cazar, pero cuando era pequeña no tenía valor para
dispararla contra ninguna cebra, ni siquiera un insignificante conejo. Papá siempre quiso tener un hijo, por ello me castigaba duramente y me
regañaba por llorar como una niña. Acariciaba la hoja de un cuchillo,
mirándolo como si de un juguete se tratara, haciéndose pequeñas rajas
en los dedos y sangrando, pero parecía no sentir dolor.

- Cuando se dispara a un conejo, hay que despellejarlo después.
Ahora ha llegado la hora, puedes elegir entre morir a manos de la
escopeta de papá o ser despellejado con este magnífico cuchillo. Tengo
que hacerlo ahora mismo si no quiero hacerlo enfadar, tiene que estar
orgulloso de mí. Te mataré.

Se acercó a mí, poniendo su cara justo encima de la mía, pero se olvidó
de un pequeño detalle: estaba justo debajo del bote de ácido. Sin
pensármelo dos veces, y arriesgándome a que también cayera sobre mí,
estiré mi pierna izquiera tiré de la cuerda y volqué el bote. Lo dejé
caer en la cabeza de Alicia, pero también cayeron gotas en mi brazo
derecho. Los dos gritábamos de dolor, era lo único que habíamos
compartido durante tantos meses, aunque los gritos de Alicia eran más
angustiosos aún que los míos. Agarrándose la cabeza y sin dejar de gritar, cayó al suelo. Recorrí el pasadizo, pero esta vez me sabía el camino por las numerosas veces que intenté escapar, una de ellas casi lo conseguí, y pude ver la salida. Tras unos minutos corriendo, con los pies aún doloridos y el cuerpo casi inmóvil, solo me faltaban unos metros para volver a ver la luz del sol y olvidar esta horrible pesadilla, volvería a casa para recuperar todo el tiempo perdido. Pero lo estaba dando todo por supuesto, sin contar con la sorpresa que se me venía encima. De nuevo Alicia se puso frente a mí, apuntándome con la escopeta, con la cabeza casi derretida y la cara deformada. Aún no entiendo cómo pudo sobrevivir.

- ¿A dónde vas Pedro? No puedo fallarle, tengo que matarte.

- No dispares Alicia, tranquila, no vas a fallarle, tu padre siempre
confió en tí, no tienes que demostrarle que eres tan fuerte como él. Alicia
empezó a llorar, descuidándose de seguir apuntándome con la escopeta.

- Papá, todo lo he hecho por tí, para que... ¡nooo! ¡papá! ¡no puedo
hacerlo, estoy enamorada de él!
Parecía estar hablando sola, tal vez hablara con su padre en su
imaginación, pues no paraba de decir frases como "no me regañes papá"
"no puedo hacerlo, perdóname". No dejaba de gritar ni de llorar al
pronunciar dichas frases. Pero volvió a apuntarme con la escopeta,
dispuesta a disparar, lo veía en sus ojos.

- Papá, perdóname, tengo que hacerlo.
El ruido del disparo parecía haberme matado, pero en realidad Alicia se
había apuntado en la boca. Su cuerpo se desplomó y quedó tendido en
el suelo sobre un charco de su propia sangre. No podía creerme lo que
había pasado, por fin era libre pero ella estaba allí tirada con el cráneo
abierto. Mirando al frente y sin ningún remordimiento, anduve unos pasos hacia donde Alicia estaba muerta, me agaché para cogerle la escopeta, y salí por aquella puerta hacia el interior de su casa. Era una casa limpia, recogida y bastante elegante. Las paredes estaban llenas de cuadros de diplomas de Alicia y de fotos de ella con un hombre mayor, supongo que sería su padre y que debía estar muerto desde hacía muchísimo tiempo.

Busqué la salida de la casa y al mismo tiempo revisé despacio la casa,
y encontré más recortes de periódicos de nuevos casos aún no
resueltos y un álbum de fotos, del cual me llamó la atención que la cara
de la madre de Alicia estaba recortada en todas ellas, quedándo sólo su
padre y ella reflejados. Pasándo las hojas del álbum, encontré una nota
que decía: "Papá, mamá a vuelto tarde otra vez, se ha bajado de ese
coche azul con un hombre jóven. ¿Mamá va a abandonarnos de nuevo?

- Fdo: Alicia". No parece que haya tenido una infancia muy feliz, pero eso
no es excusa para convertirse en una asesina. Por fin encontré la puerta
principal, la luz me molestaba en los ojos, pues había estado muchísimo
tiempo acostumbrado a esa luz tan débil, tan solo una bombilla colgando
del cable que parpadeaba más de lo que duraba encendida.
Ahora me alegraba ver tan solo a los coches pasar.
Ésta ha sido mi historia. Ocho años después aún sigo sintiendo la
respiración de Alicia en mi oído, cada noche me desvelo recordando
su cara y su voz aterradora diciéndome que iba a morir. Me temo que nunca olvidaré esos meses de oscuridad, donde Alicia fue mi peor pesadilla.

Raquel Gómez, 2º de Bachillerato